Muertos para vivir, vivos para morir.

La historia narrada, descrita, imaginada e incluso reinventada acerca del comportar de hombres y mujeres en sociedad a través de los siglos, en el ejercicio de su poder y su prevaricación, ha permitido a las y los estudiosos del derecho a develar los tejidos complejos de la morfogénesis del convencionalismo y del contractualismo social. Y con ello, a dar cuenta de cómo estos se resignifican (no desaparecen) con el paso del tiempo y de lo epocal (Althusser, 2008).

Acuerdos que han sido arropados por posicionamientos ideológicos de cambios hacia una “mejor sociedad” que contribuya al bienestar de la ciudadanía, hacia la competitividad en una sociedad global, que trae en inmersa otras caracterizaciones como sociedad de riesgos, sociedad del conocimiento, sociedad politizada, etc.


Empero, en este viaje de significaciones donde los acuerdos y las imposiciones han normado el actuar y las aspiraciones de la humanidad, no podemos dejar de lado que también desaparece esa imagen rigorista de la libertad, dando paso a nuevos valores que apuntan al libre despliegue de la personalidad íntima, la legitimación del placer, el reconocimiento de las peticiones singulares, la modelación de las instituciones con base en las aspiraciones de los individuos (Lipovetsky. 2000).


Ademas, el panorama que se visualiza en este siglo XXI, pareciera desdibujar los acuerdos de larga duración para dar pie a documentos con una legislación abierta y “flexible” a los movimientos disruptivos originados por hombres y mujeres; en este tenor de apreciaciones, la sociedad de manera permanente se re/organiza y re/orienta. Esto indica que también se desestructura de múltiples maneras, que en palabras de Lipovetsky (2000) la sociedad cambió el rumbo histórico de sus objetivos, sus maneras de socializarlos, desde esta mirada la era de la revolución, del escándalo, de la esperanza futurista, inseparable del modernismo, ha concluido.


Bien la belleza, en tiempos modernos, abraza símbolos de pulcritud y minimalismo implícito en el arte. Tal concepto expresado en la salvación de lo bello (Han 2015). Ya sea Koons quien devela una interpretación nula con técnicas simples, piezas pulidas con un concepto belleza estética sin fondo ni forma. Y por su parte, considerando a Hegel, pondera la importancia de observar con lejanía la obra. Incluso, este mismo, lo afirma desde una necesidad sensorial junto a la vista y el oído siendo primordiales en la apreciación.

De la misma forma, el fenómeno de la sociedad del cansancio (Han 2017) y la contemplación se pierde en el aroma del arte. Imperando así, el sentido de rapidez o ligereza con que los artistas ofertan al consumidor el arte de la pulcritud. Puesto que, la contemplación y el ocio no son aptitudes positivas necesarias para el desgarre y entendimiento de la obra. Más bien, son negativas o llenas de notas malignas para la sociedad.


Así pues, lo bello comienza desde la demora del producto hasta el placer estético que inunda el deseo por una pieza artística. Lo que conlleva a la contemplación y ocio. Por lo tanto, cuando suprimimos la comunicación estrecha entre la narrativa del arte y el observador, dejamos morir una esencia poética donde la calocracia eclipsa los sentidos para darnos la estética correcta.


Dado que Gadamer, por su parte, analiza lo negativo como la piedra angular del arte, se opone a la idea de no deconstruir la obra. Lo anterior, pues el consumidor tiende a enamorarse por imposición del concepto de lo bello, pero no se acopla al sentimiento de profundidad de la misma sin tener las características de pulcro, impecabilidad y estética agradable.


Aunque el presente pinta colores de avance, observando el mismo podemos concretar esta conducta en redes sociales, un ejemplo claro es “Instagram”, donde el sentido de pertenencia nos hace ir a una exposición para postear el valor visual que conlleva la obra y actuar conforme al ser de aspiraciones. El consumidor ideal habilita la existencia de lo múltiple pues carece de particularidad, criterio, carácter o firmeza ante la moda impuesta por el vendedor.


La mera entrega al consumo drena las venas de la contemplación. Así, el arte puede ser mas sencillo y digerible al espectador sin darle opción de vivir para morir, ni morir para vivir. Algunos artistas tratan de salvar el arte, empero no son aceptados tan fácilmente debido al modelo limpio y pulcro del consumo.


Mientras impere la libertad sobre lo bello, no podremos satanizar los conceptos actuales del arte. Ya que la misma libertad es necesaria para estudiar nuestro reflejo actual… vacíos en una vieja casa tapizados con billetes y personajes de la casa del ratón.


Con la finalidad de que la nostalgia no sea solamente un consumo y se vuelva un verdadero sentimiento sin memoria alguna, seamos conscientes del reflejo artístico como sociedad actual.


"All art is plagiarism. And that's what's so exciting and wonderful about it. You take something and you push it up a different avenue and make it say some more".

-Gee Vaucher


Referencias:

Lipovetsky, G. (2000). La era del vacío. Ensayos sobre el individualismo contemporáneo. Barcelona: Anagrama, 13ª edición.

Althusser, L. (2008). Ideología y aparatos ideológicos del Estado. Buenos Aires.

Han, B. C. (2015). La salvación de lo bello: Herder.

Han, B. C. (2017). La sociedad del cansancio: Segunda edición ampliada: Herder.

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